El Tejido

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Tejedores de Vida: Luz Mery Panche Chocué - Del Territorio Ancestral a la Defensa de la Vida en la Amazonía Colombiana

En un lugar donde nacen los ríos y la selva marca el ritmo de la existencia, la historia de Luz Mery Panche Chocué revela los caminos de resistencia y continuidad de los pueblos indígenas más allá de sus territorios originarios.

Luz Mery Panche Chocué. (Fotografías: suministradas por la entrevistada)

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En el corazón de la Amazonía colombiana, donde nacen los ríos y la selva marca el ritmo de la existencia, la historia de Luz Mery Panche Chocué revela los caminos de resistencia y continuidad de los pueblos indígenas más allá de sus territorios originarios. Mujer Nasa, lideresa, madre y abuela, su vida encarna el tránsito entre geografías — de los Andes caucano a la Amazonía caqueteña — sin abandonar la memoria ancestral que guía su relación con la Madre Tierra. 

Nació en el departamento del Cauca, en el resguardo Nasa Laguna Siberia, ahora vive a aproximadamente a 420 kilómetros de su terruño en San Vicente del Caguán (Caquetá), en el resguardo Nasa Altamira constituido en 1996 cuya extensión es de 10,556 hectáreas y a donde llegó hace 15 años. Habita la parte alta del resguardo donde nacen el río Caguán y el Guayas, por eso se consideran los cuidadores de estos ríos. Su resguardo no ha estado libre de tensiones con la institucionalidad estatal por lo que ellos consideran una violación de la consulta previa, un derecho fundamental consagrado en la Constitución Política de 1991, cuando en el año 2018 la Corporación Autónoma Regional de la Amazonia (Corpoamazonia) creó el Parque Natural Regional Miraflores y Picachos.

Aún estando en la selva conserva sus usos y costumbres, su idioma Nasa Yuwe, y donde está procura revitalizar su cultura pese a la violencia y a las condiciones sociales en las que se encuentra. Nasa significa gente, persona. En su lengua la Madre Tierra es Uma Kiwe, un ser integral que está herida por la destrucción de la selva a causa de la deforestación, el mercurio usado en la minería que contamina los ríos, y derrames petroleros como el ocurrido en 2020 en Puerto Limón Mocoa, en Putumayo que es otro departamento amazónico. 

De igual manera, Uma Kiwe ha sido violentada por actividades económicas como la ganadería extensiva. Asimismo, otras amenazas concretas para su integridad como  la explotación de hidrocarburos proyectada, en pocos años, y que teme será implementada, especialmente, por un gobierno de ultraderecha; además, las políticas de Estado que no contribuyen a su preservación y porque a pesar de que Colombia ha recibido aportes de dinero para conservarla, prevalecen modelos productivos extractivistas y los monocultivos de planta de coca para el narcotráfico los cuales atentan contra la vocación del suelo amazónico.

Ante esta realidad, Luz Mery no se queda en la queja por su realidad. Ella lucha desde abajo, en la base social, desde las organizaciones y la asociación de cabildos indígenas a los que ella pertenece en San Vicente del Caguán para confrontar lo que pudiera percibirse como un designio negativo para este departamento. 

Para hacerlo, echa mano de su cosmovisión e identidad cultural, ya que la mujer o, más que la mujer, el lado femenino de la Madre Tierra cumple un rol trascendental para mantener la armonía de la vida, la resiliencia y la resistencia ante la cultura mayoritaria que se impuso, desde hace 530 años, a través de su religión, educación y que ha agredido su cultura, idioma y su forma de pensar. Su compromiso como mujer se evidencia también en las mingas que realizan donde evalúan su papel en medio del colectivo al que pertenecen. En clave de resistencia, sus iniciativas han apostado al reconocimiento de su sistema de educación propia y a que las mujeres ocupen los lugares que como tales les corresponde en territorio amazónico para seguir aportando a esta lucha con acciones como la recuperación del idioma propio y el fortalecimiento de sus costumbres. 

El legado ancestral encarnado en una mujer

Luz Mery practica su ancestralidad a través del mambeo de la hoja de la planta de coca  que le permite conocer y entender a la selva amazónica y así contribuir a la reconciliación con la Madre Tierra como hecho primordial para la construcción de la paz en Colombia y que requiere, adicionalmente, cambiar los sistemas de producción y reordenar la vida en el territorio a partir de economías propias y el robustecimiento de un sistema de educación propia proveniente de la memoria ancestral indígena para que la humanidad aprenda -desde ese corazón tradicional- a resolver lo privado y lo planetario, antes de colapsar.

Trabajo social, territorial y político.

En la Amazonia, ella es maestra, sanadora y cuidadora, pues como otras mujeres recibió el don de parir la vida, de ordenar la casa, de preservar las semillas nativas, de promover la soberanía alimentaria, que implica cultivar y cosechar sus propios alimentos. Asimismo, junto al hombre, lo masculino de la Madre Tierra, deben realizar tareas en favor de un mismo propósito y en un acto de reciprocidad que es uno de los mensajes transmitidos por la Madre Naturaleza los cuales son claves para su sanación. 

La historia de Luz Mery Panche Chocué no es únicamente la trayectoria individual de una lideresa indígena, sino la expresión de un territorio que resiste y se reconfigura a través de la memoria ancestral. Su tránsito del Cauca andino a la Amazonía no implica ruptura, sino continuidad cultural y espiritual: una forma de habitar el mundo basada en la reciprocidad, el cuidado y la defensa de la vida. Desde Uma Kiwe, su lucha propone no sólo resistir, sino reconciliarse con ella, reordenar y sanar la relación entre la sociedad y la Madre Tierra abriendo caminos para imaginar futuros donde la vida — en todas sus formas — pueda seguir existiendo.

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Tejedores de Vida: Constanza Carvajal -  Una Voz en el Territorio Ante la Gran Minería

En Putumayo, uno de los departamentos de la Amazonia colombiana, hace parte de un movimiento social que se enfrenta contra el extractivismo multinacional.

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Hace un poco más de 20 años que Constanza Carvajal ha trabajado por los derechos humanos, como parte de su desempeño profesional, pero también como voluntaria, tanto con pueblos indígenas como con campesinos.

En Putumayo, uno de los departamentos de la Amazonia colombiana, hace parte de un movimiento social que se enfrenta contra el extractivismo multinacional de la compañía Libero Copper que llegó en 2018 — una de las empresas que ha obtenido la concesión minera desde el año 2006. La compañía cuenta con cuatro títulos mineros — una forma de blindar su operación e impedir que movimientos sociales hagan un seguimiento a su intervención nefasta en el país.

Sonriendo, en la Vereda Monclart área de uno de los títulos mineros. (Foto cortesía de la entrevistada)

Constanza hace parte de este movimiento desde hace diez años y es una de las voces que desde los territorios llevan tiempo rechazando la gran minería, o minería a gran escala denominada como “minería bien hecha” por parte de quienes usufructúan de ella. El movimiento se opone a estos proyectos debido a los efectos nocivos que tienen para la Madre Tierra, los derechos humanos, y las vocaciones agrícolas de los distintos lugares a donde llegan para explotar sin misericordia las entrañas de la tierra, pagando sueldos menores de los pagarían en sus países y generando unas regalías para Colombia que no compensan el daño que le causan a la tierra.

La comunidad ha incluido dentro de su repertorio de acción política el lobby legislativo y se logró en el año 2018 promulgar el Acuerdo municipal 020 de 2018,norma de menor jerarquía que las leyes departamentales y nacionales, que declaró la protección ecológica y cultural del patrimonio de este municipio. Sin embargo, también es vital recordar que ese mismo año la Corte Constitucional colombiana a través de la  Sentencia SU-095 de 2018  aclaró que los municipios no tienen la potestad para impedir la minería, puesto que el subsuelo es propiedad del Estado y los municipios no tienen poder de veto.

Pero a pesar de esto, Constanza y el resto de la comunidad siguen resistiendo y enfrentando a la multinacional que ha tratado de persuadirlos ofreciendo regalos y dádivas para ganarse la aprobación social por medio de su estrategia del buen vecino para disuadir la resistencia social frente a una actividad legal, pero ilegítima, y el tejido social que ha existido entre ellos.

En la cuenca alta del río Mocoa, camino ancestral Sachamates. (Foto: Camilo Barrera, cortesía de la entrevistada) 

Desde este territorio considerado parte de la estrella hídrica de Colombia y cuya explotación — una vez que obtengan la licencia ambiental — afectaría el hogar de diferentes especies de aves y mariposas que embellecen esta zona del país, siguen esperando la cancelación definitiva de los títulos por parte del gobierno. Es algo difícil de lograr ahora por cuanto la actual administración terminará en unos pocos meses y habrá elecciones en Colombia, donde desafortunadamente se espera un viraje a la derecha o extrema derecha considerando el panorama geopolítico en la región con las acciones imperialistas del presidente Trump de los Estados Unidos.

Lo que esta lideresa y sus compañeros reclaman es que la Agencia Nacional de Minería devuelva esos títulos al territorio, una posibilidad casi imposible en un país que, para proteger el extractivismo bajo el eufemismo del “desarrollo”, declaró la minería como actividad de utilidad pública e interés social según el artículo 13 de la Ley 685 de 2001. Pero pese a esa barrera legal, ellos no se rinden: siguen resistiendo para que la Madre Tierra conserve su integridad, para que las montañas respiren en paz y los minerales permanezcan quietos, enterrados en su silencio eterno, lejos de las manos que buscan arrancarlos de sus entrañas. 

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Tejedores de Vida: Mónica Solarte Moreano - Guardiana de la Semilla y la Memoria del Pueblo Iguailik

Awá de nacimiento, Polindara por adopción

Mónica Solarte Moreano. (Fotos cortesía de la entrevistada)

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Mónica Solarte Moreano tiene 51 años y es madre de dos hijas y un hijo. Es Awá de nacimiento y, como ella misma afirma, Polindara “de lucha”. Vive en este territorio desde 1998, está censada allí y su reconocimiento como Polindara se consolidó tanto por su convivencia con un Polindara como por la decisión de la asamblea que la aceptó. Oriunda de Altaquer, es Polindara por adopción porque este pueblo la respeta como mujer y como profesional.

El territorio ancestral original de este pueblo abarcaba aproximadamente 34.000 hectáreas, de las cuales fueron despojados por una familia del departamento del Cauca, al sur de Colombia. Actualmente, el territorio comprende 2.222 hectáreas, a las que se suman otras 22 hectáreas recuperadas por los comuneros. En los últimos 20 años, la comunidad ha logrado sanear —es decir, resolver conflictos sobre territorios en disputa— y adquirir otras hectáreas mediante compra.

El reconocimiento oficial del pueblo se dio en agosto del 2014. Este reconocimiento tardío obedeció, en gran parte, a la pérdida de la identidad, ya que durante años muchos de sus integrantes no se autoidentificaban como indígenas. Sin embargo, en 1998, con la elaboración de su plan de vida, jóvenes y mayores iniciaron un proceso de reflexión y acción para fortalecer su autonomía organizativa, permanecer en el territorio y reconocerse como un pueblo distinto de otros pueblos originarios vecinos, como los Nasa, Kokonucos, Misak y Totoroez.

Iguailik: la gente del agua

Este pueblo se caracteriza por ser obstinado, de pensamiento claro y rápido, y belicoso. Físicamente, sus integrantes son de baja estatura, fuertes, de cabello negro y lacio; en el caso de las mujeres, la mayoría lleva el cabello largo. Como otras mujeres Polindara, Mónica es cuidadora de la Madre Tierra y de la “semilla” vegetal, animal y humana. Desde este rol transmite conocimientos, el uso de plantas medicinales y la práctica de rituales.

Este proceso de reafirmación permitió precisar que el verdadero nombre del territorio es Iguala y que el nombre del pueblo no es “Polindara”, sino Iguailik, que significa “gente del agua” o “gente Polindara”. Según su ley de origen, son hijos del agua y nietos del viento.

Para el pueblo Iguailik existen tres espacios. En el primero se nace desde los principios del cosmos y el amor; en el segundo se convive con todos los seres vivos; y en el tercero se regresa al cosmos como consejeros y acompañantes. Con quienes habitan este último espacio se relacionan mediante rituales y sueños.

Semillas, cocina y resistencia

La relación con la Madre Tierra se expresa a través de rituales realizados por el Makuko, médico tradicional, y por las familias según su ciclo de vida. Durante el embarazo se realizan rituales de protección para el bebé, evitando las aguas de arco —aguas amarillas con alta concentración de minerales— y los derrumbes, considerados espacios de “mala hora”. Al nacer, el ombligo del bebé se entierra entre las tulpas del fogón para asegurar su arraigo al territorio.

Mónica cultivando la semilla de la identidad y el saber ancestral en los menores. 

La defensa de la Madre Tierra incluye la protección de las semillas propias y el rechazo a especies foráneas como el pino y el eucalipto. Para el pueblo Iguailik, no hay mejor forma de conservar las semillas que mantenerlas vivas en las huertas familiares. Mónica promueve entre sus estudiantes la recuperación de la gastronomía tradicional y la preparación de alimentos como la calabaza, la batata, la arracacha, los ullucos, la majua, la oca, el zapallo y la sidra, alrededor del fogón, espacio de alimento, palabra y consejo.

Mónica exhibiendo los alimentos con semillas tradicionales. 

Para este pueblo, los animales, las plantas y las rocas tienen el mismo valor que los seres humanos. Algunos animales son considerados mensajeros: el chiguaco advierte sobre posibles peligros y la serpiente anuncia partidas o ausencias. Las plantas, frías o calientes, dulces o amargas, cumplen un papel central en la medicina tradicional, siempre de acuerdo con la necesidad.

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Tejedores de Vida: El Protector Mapuche

Cuidando a la mapu en un lugar donde la tierra habla

Tejedores de Vida (Weavers of Life) es una serie de artículos bilingües que recopilan las historias de personas y grupos que defienden a seres no humanos. La serie es una colaboración entre Weave News, Talking Rivers y la autora Johana Fernanda Sánchez Jaramillo.

Lea la versión en inglés aquí.

Todas las fotos cortesía del entrevistado.

Su nombre, Pvrafilu, significa ocho víboras en su lengua materna (Mapuchezugvn) e Ignacio Francisco Prafil en español. Hace parte del pueblo Mapuche, lof FVta Anekon, y su identidad territorial es Wenteche (“gente del Alto”), Puelmapu, territorio del Este donde sale el sol, hoy Argentina. Es lonco, máxima autoridad legal de su comunidad.

“Para nosotros, toda la fuerza del universo es una, pero en este hay diversidad,” afirma. “Somos diversos, hay una pluralidad y por eso creemos que debemos construir una sociedad intercultural.”

Esa convicción resulta aún más poderosa viniendo de un miembro del pueblo Mapuche al que intentaron borrar a uno y otro lado de la cordillera: en Argentina, con la llamada Campaña del Desierto (1878-1890), y en Chile, con la Pacificación de la Araucanía (1862-1883). Y, sin embargo, este hombre de cabello castaño oscuro, facciones marcadas y cejas pobladas es, a sus 56 años, la prueba viva de que el Estado fracasó en su intento.

Su palabra pausada y dulce, pero firme, da testimonio - como le enseñaron sus mayores - de que la oralidad es la única manera de preservar su identidad. Con base en la palabra enfrentan los retos para reafirmar y reivindicar derechos como la autonomía y la autodeterminación, que aun siendo un pueblo nación preexistente al Estado argentino, de los cuales no disfrutan.

Ellos están conscientes de que son un pueblo de lado y lado de la cordillera. Esta comprensión los lleva a comprometerse en la defensa de todo lo que tiene vida, los ríos, los lagos, la montaña, y harán todo lo posible por preservar la mapu, que, para para ellos no sólo significa tierra, sino que esta abarca el aire, el viento, los demás animales, las constelaciones. “Mapu es todo lo que ves y lo que no ves”, enfatiza.

En su cultura, la mujer ocupa un lugar central: es maestra, cuida, protege y transmite saberes; y, sobre todo, la mujer anciana - kuse - es guía y memoria viva. En el Wallmapu todos son familia: hermanos y hermanas, incluso cuando provienen de distintas nacionalidades. Su idea de parentesco desborda lo sanguíneo para acoger a otros en un lazo más profundo. Las mujeres hablan, observan, contemplan y acompañan; su presencia constante orienta, sostiene e influye en la forma en que la comunidad se expresa y se relaciona con el mundo.

Allí donde la mapu respira: caminos para resguardarla

Este pueblo enfrenta retos: la falta de autodeterminación, los extractivismos, convenios como el de la biodiversidad que favorece a unos pocos, e incumplimiento por parte del Estado de sus obligaciones, protocolos, acuerdos. 

Ante esto le piden a la mapu que les dé más sabiduría y entendimiento. Aprenden a contemplar la noche, las estrellas, de dónde vino el viento, y también los lenguajes de la tierra, qué les quiso decir, un pájaro que cantó al mediodía. Como custodios del territorio resguardan cada elemento y su deber es garantizar que nada se rompa ni se lastime. Cuidan a la mapu que alberga todo tipo de vida. 

Por eso, cuando tocan una montaña, un lago, o matan animales a mansalva o destruyen flora o bosque, los afectan a ellos porque su nombre Mapuche tiene qué ver con esos elementos: son parte de ellos, no son dueños ni tutores, sino parte de ella e intentan preservar la armonía para las presentes y futuras generaciones. 

Para los Mapuche, su territorio es una escuela abierta. Allí descubren que la piedra está viva, que los animales son hermanos y no enemigos, y que vivir en relación con todas esas presencias es parte de su formación. También se reúnen para hacer ceremonias y pedir, por ejemplo, que el invierno no sea tan duro. Bailan, cantan y, frente a un altar, se arrodillan para agradecer, ofrendar y leer las señales que les muestran si están actuando bien. Del mismo modo, se comunican con la fuerza de sus mayores, guiados por un principio profundo: cuidar lo que existe, sin dañarlo ni agotarlo.

Esa manera de aprender y vincularse con su territorio se enlaza con otra verdad profunda: su ascendencia y su linaje no son sólo memoria. Son el mapa que les revela de dónde vienen y cómo deben relacionarse con la mapu. En cada ceremonia le hablan, le piden permiso antes de cruzar un río o internarse en el bosque, porque  - como dicen - nadie se manda solo. Su lengua materna les permite conversar con ella, ofrecerle algo para que cese la sequía o para mejorar una situación. Mientras el Estado sigue viéndola como un conjunto de recursos, ellos la reconocen como vida. No están separados de la mapu: son parte de su pulso, y por eso saben que protegerla no es una opción, sino un deber ancestral.

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El ejército israelí prohibió la entrada de periodistas al territorio que estaba arrasando y por eso casi la totalidad de las víctimas de los medios de comunicación son palestinas.

Este artículo fue publicado originalmente por El Diario el 15 de noviembre del 2025.

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Confluence/Confluencia

Una colaboración de Weave News y Talking Wings para tejer la voces de guardianes de ríos de todo el mundo.