El Tejido
Un espacio donde tejemos las voces de periodistas de base, defensores de la tierra, y otros activistas por la justicia social.
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Sembrar, Sanar y Cuidar: Los Hilos de Vida de Ascensión Velasco
Su historia es un tejido de memoria, cuidado y resistencia: una mujer que siembra alimentos, protege conocimientos ancestrales y mantiene vivo un vínculo profundo con la vida que la rodea.
Fotografías: Juan Manuel Tombe Velasco (hijo de Mama Ascensión).
Hay mujeres que no sólo caminan sobre la tierra: la escuchan, la sienten y aprenden de ella. Ascensión Velasco Montano, mujer Misak del Cauca, ha tejido su vida entre semillas, plantas medicinales y saberes heredados de sus mayores, recordándonos que la Madre Tierra, que en su lengua namtrik se llama PIRƟPE NAMUI USRI, no es un recurso, sino familia y con quien se construye una relación de respeto y reciprocidad. Su historia es un tejido de memoria, cuidado y resistencia: una mujer que siembra alimentos, protege conocimientos ancestrales y mantiene vivo un vínculo profundo con la vida que la rodea.
En el pueblo Misak le dicen mama, sin tilde, a las mujeres que hacen parte de la autoridad o que han sido autoridad como alguacilas, secretarias, alcaldesas zonales, vicegobernadoras o gobernadoras del territorio o resguardos del pueblo Misak. Mama Ascensión Velasco Montano es una mujer bajita, con un corazón enorme y oriunda del resguardo de Guambía en el municipio de Silvia (Cauca). Tiene 57 años, dos hijos y un nieto que alegra sus días. A los 43 años fue gobernadora del pueblo Misak elegida por su comunidad para liderarlos. Desde entonces ha contribuido con su experiencia en diversos procesos con mujeres, comunitarios que le han dejado importantes aprendizajes, pero también le han exigido desaprender, que es un reto aún mayor.
Entre semillas, territorio y memoria: el camino de una mujer Misak
Hasta el año pasado hacía parte de varios procesos a través de Autoridades Indígenas del Sur Occidente (AISO) especialmente en salud propia lo cual le permitió aprender mucho de parteros, parteras y médicos tradicionales sobre cómo transformar las plantas que se convierten en remedios naturales para su gente. Actualmente, está dedicada a la agricultura, al cultivo de café y de otros productos básicos para la canasta familiar en una cooperativa a la que pertenece con sus actividades familiares con su compañero de vida con quien vive hace 30 años, sin casarse por la Iglesia, ya que decidieron establecer acuerdos familiares porque hace muchos años decidieron que sus prácticas ancestrales no incluían llegar a una iglesia católica o evangélica.
En este momento, vive en el municipio de Cajibío debido a la falta de tierra en el resguardo de Guambia. Forma parte de la Autoridad Ancestral del Cabildo Indígena Guambiano Kurak Chak, que significa tierra caliente y tierra plana, creado en el 2000 del resguardo del mismo nombre. Llegó allí en el 2004 y desde entonces trabaja con el café y otros cultivos, pero en Silvia (Cauca) dejaron las tierras de sus abuelos, sus papás y mamás ubicadas cerca de la laguna de Piendamó macho, y la de Ñimbe hembra, el pueblo Misak es gente del agua.
Fue promotora de salud desde el año 1994 y gracias a esto aprendió mucho sobre medicina occidental y propia. Esto ha sido útil para cuidar a la Madre Tierra porque desde niña le enseñaron a protegerla, aunque desafortunadamente como humanos a veces han fallado. Una muestra de ello fue el cultivo de amapola que destruye las familias y la fumigación con glifosato que acabó en gran parte con el ajo y la cebolla en la parte alta del resguardo de Guambia.
En la actualidad, sus actividades incluyen el cultivo de café, atender las huertas y practicar la medicina propia. Además, hace parte de la Asociación de Mujeres Caficultoras del Cauca. La economía del desarrollo social incide en cómo defender el legado de sus ancestros y también de los mayores y mayoras de 70 años. Eso la ha llevado a velar porque los cultivos y la tierra no sean contaminados con productos químicos. Para lograrlo, aprenden de los mayores que conocen los ciclos lunares cuándo sembrar, cosechar y quienes les recuerdan la importancia de los abonos y fungicidas orgánicos.
Sus sabedores le enseñaron a hablar con las plantas a pedir permiso cuando va a utilizarlas para cualquier medicina, para nutrición o para una armonización espiritual porque “las plantas tienen vida, nos escuchan, sienten y lo más importante, nos aportan energías para todo proceso de vida y es donde hablamos, de estar en equilibrio y armonía consigo mismo, con los demás y con el entorno natural,” enfatiza.
Cuando las plantas escuchan: la medicina de la reciprocidad
Para los Misak los rituales son trascendentales. Para la primera menstruación de la joven y para el adolescente, cuando entra en la adolescencia, en su idioma se dice IMPIPABƟ. Esos baños, para la niña y el adolescente, decía su abuela, son para no tener malos olores en el cuerpo y para que las enfermedades no los ataquen fácilmente, todo es para armonizar. El conocimiento o el legado ancestral, se va pasando a los hijos e hijas, con el apoyo de los mayores y mayoras que en namtrik, se llaman shures y shuras, sabedores y sabedoras del territorio.
El trabajo o los roles son de los dos, porque hablamos de la dualidad, ya que anteriormente, el trabajo se cargaba más en la mujer, pero actualmente, se ha venido poco a poco cambiando para que el trabajo sea compartido, y “esperamos que siga fortaleciendo esos cambios, para el bien de la pareja y la familia del pueblo Misak” afirma Ascensión.
Por eso, cuando tuvo su primera menstruación le dieron alimentos nutritivos como maíz capio tostado, papa cocida y huevo cocido. Durante esos cuatro días, la hicieron sentarse en un colchón de paja, en un sitio preparado por una partera, su abuela materna, para que no sufriera de cólicos. También le pusieron rosas en la cara y tenían que recibir el humo de la quema de paja y apagar soplando y “me decía mi abuela que, eso era para que yo no sufriera de manchas en la cara” recuerda Velasco
La bañaron con plantas medicinales para el crecimiento personal y espiritual para convertirse en una mujer sana y lideresa. Durante esos días de introspección tejió cuatro bolsos pequeños. “Me bañaron con planta wañutsi, en namtrik y, en español, rendidora, para que cuando sirva comida en una minga, no queden faltando personas por comida, decía mi abuela”, recuerda Velasco.
Le enseñaron que en esos días no debe caminar entre los sembradíos de cebolla, papa o ajo porque no es bueno para esos y, en cambio, cuidarse en casa y tejer en esos días. De sus mayores y mayoras además aprendió que la mujer embarazada que camina en medio de la siembra de papa y cebolla hace que, con su energía, mueran las babosas que cortan el tallo y la hoja de los cultivos.
Mama Ascensión cuenta que desde el vientre hay mucho respeto a la naturaleza y la necesidad de estar armonizados y llevar una vida espiritual. Por eso, al nacer el bebé la placenta es sembrada en la mitad de la sala, o en el patio o alrededor de la casa. Eso hace a los niños y niñas más pegados a la familia. Actualmente, como muchas mujeres tienen sus hijos en hospitales se está trabajando para que la medicina occidental tenga en cuenta lo propio y puedan llevar a cabo sus prácticas ancestrales.
De esa familia hace parte también la Madre Tierra porque todo tiene espiritualidad propia y es importante estar armonizados con todos. Para la pervivencia en armonía, los mayores espirituales o médicos sabios hablan de tres espacios: a) espacio celeste, se relaciona con el cosmos y cosmogonía del pueblo Misak; b) la Tierra, con el territorio y territorialidad, y, c) el subsuelo, relación con los minerales. Con esos tres mundos de la integralidad, existe una relación espiritual de armonía y equilibrio con los diferentes procesos del ciclo de vida del ser Misak.
La reciprocidad entre la vida no humana y la humana es crucial. Por eso, la transmisión de conocimientos a niños y adolescentes es clave tanto en los colegios como afuera para recuperar la tierra con el pensamiento de los pueblos indígenas, las medicinas tradicionales, y aprender a transformar las plantas en jabones, cápsulas, cremas y jarabes, volviendo así a la salud propia y las prácticas tradicionales que consienten y cuidan de la Madre Tierra.
Para ella es crucial que las autoridades sigan fomentando mantener la identidad, la cultura, la cosmovisión del ser Misak y así, desde fogón, nakchak en su idioma, sigan promoviendo la fortaleza de la cosmovisión de los procesos propios del pueblo Misak con las generaciones presentes y futuras.
La historia de Mamá Ascensión Velasco Montano nos recuerda que defender la Madre Tierra no siempre comienza en los tribunales, en los discursos o en las grandes decisiones políticas; muchas veces comienza en una semilla guardada por una abuela, en una planta que sana, en una palabra, transmitida por los mayores y en una mujer que entiende que cuidar la vida es también cuidar los vínculos que nos unen a ella. Su caminar representa la memoria viva de un pueblo que no concibe la tierra como una propiedad, sino como una pariente con quien se conversa, se agradece y se aprende. En la voz de Ascensión permanece una enseñanza ancestral: la Madre Tierra no necesita ser conquistada ni protegida como algo ajeno, sino reconocida como parte de la familia de la vida. Porque cuando recordamos que pertenecemos a ella, cuidarla deja de ser una obligación y se convierte en una forma de amor, respeto y reciprocidad.
Entre la Academia y la Raíz: William y la Defensa de la Madre Tierra desde la Bíolugargogía Kamëntsá
Hay docentes que enseñan contenidos, y hay quienes enseñan a recordar. Recordar de dónde viene la vida, a quién le debemos el aliento y por qué la tierra no es un recurso, sino una madre que se escucha, se cuida y se defiende.
Fotografías: tomadas por Karent Hoyos y suministradas por William Mavisoy.
Hay docentes que enseñan contenidos, y hay quienes enseñan a recordar. Recordar de dónde viene la vida, a quién le debemos el aliento y por qué la tierra no es un recurso, sino una madre que se escucha, se cuida y se defiende. En ese lugar habita el que educa y sana: no como figura académica, sino como puente vivo entre mundos que durante siglos han estado separados. Allí donde la palabra universitaria se encuentra con la palabra sembrada, donde el conocimiento deja de imponerse y se aprende a escuchar, nace una forma distinta de enseñar: una que no traduce los saberes ancestrales, sino que camina con ellos, los respeta y les permite transformar lo que significa educar.
William Jairo Mavisoy Muchavisoy es Abuatambayá - -Tats̈ëmbuá, que en su lengua Kamentsá de Putumayo (Colombia) significa “el que educa y sana”. Llegó hace más de dos décadas a la ciudad de Popayán desde Sibundoy donde su madre, Mercedes Muchavisoy, sembró su cordón umbilical para que nunca olvidará el camino que lo llevaría de vuelta a su raíz.
En 2018 mientras cursaba sus estudios en el doctorado, en Etnobiología y estudios bioculturales, su tiempo en los salones de la universidad y sus viajes al lugar que habitan sus padres y ancestros creó lo que él denominó biolugargogía. En 2019 se convirtió en el primer docente indígena, permanente, de la Universidad del Cauca en Popayán (Cauca).
“Esta palabra con sus “i” acentuadas en í e ì de bío- y -gogía, representan el movimiento de los brazos y manos humanas, los modos de interacción corporal hacia adentro y hacia afuera. Es una apuesta política por el reconocimiento intercultural y biocultural de las memorias y sabidurías ancestrales de los pueblos originarios en la educación”, sostiene Mavisoy. Descomponiendo esta palabra en sílabas se entiende: bío, nociones y ciclos sobre la vida-muerte-vida; lugar, variadas maneras de habitar y percibir el espacio tiempo como uno solo, interacciones desde, con y para la gente del lugar; y gogía, los actos del educar.
Biolugargogía en la educación superior: saberes que brotan del territorio
En el año 2020, el profesor William constituyó el Semillero Bíolugargogìa de memorias y sabidurías ancestrales. En Colombia los semilleros son grupos de estudiantes, quienes, acompañados por un profesor, adelantan especialmente labores de investigación. Sin embargo, este semillero va mucho más allá. Este grupo sirve como un canal o medio para que las sabedoras y sabedores de cada lugar, orienten el sentido de pertenencia de cada persona sentipensante para acudir a la memoria familiar y comunitaria y así legitimar la importancia de la curiosidad natural, capacidad de aprender, con la cual se es humano-ancestral.
Esta iniciativa poco convencional, ha permitido que William y sus estudiantes caminen la palabra. Memoriandar es el espacio donde sabedoras y sabedores comparten sus experiencias y conocimientos en estrecha relación con los lugares habitados del Abiayala, es el nombre con el que el pueblo Gunadule de Colombia y Panamá nombran lo que occidente llamó América Latina, y el Gran Kauka, es el departamento del Cauca. Personas destacadas en sus co-munidades participan de tres maneras: Memoriandar en el aula, salón de clases; Memoriandar en la U, y Biolugargogía itinerante en diferentes territorios.
Memoriandar en la Universidad nació durante la pandemia del Covid-19 para que sabedores y sabedoras asistieran a la universidad de manera virtual y compartieran su sabiduría en torno a temáticas concretas. Entre tanto, Memoriandar en el aula ocurre en los salones de la universidad en los cuales charlan con los estudiantes sobre algún contenido de una asignatura que aborde lo ancestral. En este espacio intervienen investigadores y académicos que han establecido una forma de “solidaridad investigativa” en pro de las dinámicas comunitarias y comunalidades como lo hizo la autora de este relato.
Y la Biolugargogía itinerante corresponde a los encuentros que docente y alumnos tienen con sabedores y sabedoras en sus lugares de origen para conocer y profundizar sobre sus experiencias de vida y cómo han enfrentado problemas ambientales, sociales, culturales y educativos causados por el capitalismo con su economía extractivista.
Este semillero ha hecho algo innovador y es el hecho de que los estudiantes sean capaces de entretejer las memorias y sabidurías ancestrales con los paradigmas epistémicos de los programas de formación universitaria, marcadamente colonialistas, al convertir al lugar, montaña, mar o selva como escuela, y así poder contribuir a la armonización y sanación de la humanidad y la Madre Tierra.
La fuerza de esta apuesta radica en que nos recuerda que enseñar no es llenar de contenidos, sino volver a la raíz. Que defender a la Madre Tierra no ocurre sólo en aula o fuera de ella, sino en cada gesto que dignifica la memoria, en cada diálogo en el que un saber no se subordina al otro, sino que respira a su lado. En ese “entrelugar”, Willliam deja de ser sólo quien explica y dirige, para ser quien cuida, teje y sostiene la vida con otros. Y tal vez, en ese acto silencioso pero profundo, se está gestando no sólo otra forma de educar, sino otra manera de seguir siendo humanos y respetuosos con la Madre Tierra.
Tejedores de Vida: Luz Mery Panche Chocué - Del Territorio Ancestral a la Defensa de la Vida en la Amazonía Colombiana
En un lugar donde nacen los ríos y la selva marca el ritmo de la existencia, la historia de Luz Mery Panche Chocué revela los caminos de resistencia y continuidad de los pueblos indígenas más allá de sus territorios originarios.
Luz Mery Panche Chocué. (Fotografías: suministradas por la entrevistada)
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En el corazón de la Amazonía colombiana, donde nacen los ríos y la selva marca el ritmo de la existencia, la historia de Luz Mery Panche Chocué revela los caminos de resistencia y continuidad de los pueblos indígenas más allá de sus territorios originarios. Mujer Nasa, lideresa, madre y abuela, su vida encarna el tránsito entre geografías — de los Andes caucano a la Amazonía caqueteña — sin abandonar la memoria ancestral que guía su relación con la Madre Tierra.
Nació en el departamento del Cauca, en el resguardo Nasa Laguna Siberia, ahora vive a aproximadamente a 420 kilómetros de su terruño en San Vicente del Caguán (Caquetá), en el resguardo Nasa Altamira constituido en 1996 cuya extensión es de 10,556 hectáreas y a donde llegó hace 15 años. Habita la parte alta del resguardo donde nacen el río Caguán y el Guayas, por eso se consideran los cuidadores de estos ríos. Su resguardo no ha estado libre de tensiones con la institucionalidad estatal por lo que ellos consideran una violación de la consulta previa, un derecho fundamental consagrado en la Constitución Política de 1991, cuando en el año 2018 la Corporación Autónoma Regional de la Amazonia (Corpoamazonia) creó el Parque Natural Regional Miraflores y Picachos.
Aún estando en la selva conserva sus usos y costumbres, su idioma Nasa Yuwe, y donde está procura revitalizar su cultura pese a la violencia y a las condiciones sociales en las que se encuentra. Nasa significa gente, persona. En su lengua la Madre Tierra es Uma Kiwe, un ser integral que está herida por la destrucción de la selva a causa de la deforestación, el mercurio usado en la minería que contamina los ríos, y derrames petroleros como el ocurrido en 2020 en Puerto Limón Mocoa, en Putumayo que es otro departamento amazónico.
De igual manera, Uma Kiwe ha sido violentada por actividades económicas como la ganadería extensiva. Asimismo, otras amenazas concretas para su integridad como la explotación de hidrocarburos proyectada, en pocos años, y que teme será implementada, especialmente, por un gobierno de ultraderecha; además, las políticas de Estado que no contribuyen a su preservación y porque a pesar de que Colombia ha recibido aportes de dinero para conservarla, prevalecen modelos productivos extractivistas y los monocultivos de planta de coca para el narcotráfico los cuales atentan contra la vocación del suelo amazónico.
Ante esta realidad, Luz Mery no se queda en la queja por su realidad. Ella lucha desde abajo, en la base social, desde las organizaciones y la asociación de cabildos indígenas a los que ella pertenece en San Vicente del Caguán para confrontar lo que pudiera percibirse como un designio negativo para este departamento.
Para hacerlo, echa mano de su cosmovisión e identidad cultural, ya que la mujer o, más que la mujer, el lado femenino de la Madre Tierra cumple un rol trascendental para mantener la armonía de la vida, la resiliencia y la resistencia ante la cultura mayoritaria que se impuso, desde hace 530 años, a través de su religión, educación y que ha agredido su cultura, idioma y su forma de pensar. Su compromiso como mujer se evidencia también en las mingas que realizan donde evalúan su papel en medio del colectivo al que pertenecen. En clave de resistencia, sus iniciativas han apostado al reconocimiento de su sistema de educación propia y a que las mujeres ocupen los lugares que como tales les corresponde en territorio amazónico para seguir aportando a esta lucha con acciones como la recuperación del idioma propio y el fortalecimiento de sus costumbres.
El legado ancestral encarnado en una mujer
Luz Mery practica su ancestralidad a través del mambeo de la hoja de la planta de coca que le permite conocer y entender a la selva amazónica y así contribuir a la reconciliación con la Madre Tierra como hecho primordial para la construcción de la paz en Colombia y que requiere, adicionalmente, cambiar los sistemas de producción y reordenar la vida en el territorio a partir de economías propias y el robustecimiento de un sistema de educación propia proveniente de la memoria ancestral indígena para que la humanidad aprenda -desde ese corazón tradicional- a resolver lo privado y lo planetario, antes de colapsar.
Trabajo social, territorial y político.
En la Amazonia, ella es maestra, sanadora y cuidadora, pues como otras mujeres recibió el don de parir la vida, de ordenar la casa, de preservar las semillas nativas, de promover la soberanía alimentaria, que implica cultivar y cosechar sus propios alimentos. Asimismo, junto al hombre, lo masculino de la Madre Tierra, deben realizar tareas en favor de un mismo propósito y en un acto de reciprocidad que es uno de los mensajes transmitidos por la Madre Naturaleza los cuales son claves para su sanación.
La historia de Luz Mery Panche Chocué no es únicamente la trayectoria individual de una lideresa indígena, sino la expresión de un territorio que resiste y se reconfigura a través de la memoria ancestral. Su tránsito del Cauca andino a la Amazonía no implica ruptura, sino continuidad cultural y espiritual: una forma de habitar el mundo basada en la reciprocidad, el cuidado y la defensa de la vida. Desde Uma Kiwe, su lucha propone no sólo resistir, sino reconciliarse con ella, reordenar y sanar la relación entre la sociedad y la Madre Tierra abriendo caminos para imaginar futuros donde la vida — en todas sus formas — pueda seguir existiendo.
Tejedores de Vida: Constanza Carvajal - Una Voz en el Territorio Ante la Gran Minería
En Putumayo, uno de los departamentos de la Amazonia colombiana, hace parte de un movimiento social que se enfrenta contra el extractivismo multinacional.
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Hace un poco más de 20 años que Constanza Carvajal ha trabajado por los derechos humanos, como parte de su desempeño profesional, pero también como voluntaria, tanto con pueblos indígenas como con campesinos.
En Putumayo, uno de los departamentos de la Amazonia colombiana, hace parte de un movimiento social que se enfrenta contra el extractivismo multinacional de la compañía Libero Copper que llegó en 2018 — una de las empresas que ha obtenido la concesión minera desde el año 2006. La compañía cuenta con cuatro títulos mineros — una forma de blindar su operación e impedir que movimientos sociales hagan un seguimiento a su intervención nefasta en el país.
Sonriendo, en la Vereda Monclart área de uno de los títulos mineros. (Foto cortesía de la entrevistada)
Constanza hace parte de este movimiento desde hace diez años y es una de las voces que desde los territorios llevan tiempo rechazando la gran minería, o minería a gran escala denominada como “minería bien hecha” por parte de quienes usufructúan de ella. El movimiento se opone a estos proyectos debido a los efectos nocivos que tienen para la Madre Tierra, los derechos humanos, y las vocaciones agrícolas de los distintos lugares a donde llegan para explotar sin misericordia las entrañas de la tierra, pagando sueldos menores de los pagarían en sus países y generando unas regalías para Colombia que no compensan el daño que le causan a la tierra.
La comunidad ha incluido dentro de su repertorio de acción política el lobby legislativo y se logró en el año 2018 promulgar el Acuerdo municipal 020 de 2018,norma de menor jerarquía que las leyes departamentales y nacionales, que declaró la protección ecológica y cultural del patrimonio de este municipio. Sin embargo, también es vital recordar que ese mismo año la Corte Constitucional colombiana a través de la Sentencia SU-095 de 2018 aclaró que los municipios no tienen la potestad para impedir la minería, puesto que el subsuelo es propiedad del Estado y los municipios no tienen poder de veto.
Pero a pesar de esto, Constanza y el resto de la comunidad siguen resistiendo y enfrentando a la multinacional que ha tratado de persuadirlos ofreciendo regalos y dádivas para ganarse la aprobación social por medio de su estrategia del buen vecino para disuadir la resistencia social frente a una actividad legal, pero ilegítima, y el tejido social que ha existido entre ellos.
En la cuenca alta del río Mocoa, camino ancestral Sachamates. (Foto: Camilo Barrera, cortesía de la entrevistada)
Desde este territorio considerado parte de la estrella hídrica de Colombia y cuya explotación — una vez que obtengan la licencia ambiental — afectaría el hogar de diferentes especies de aves y mariposas que embellecen esta zona del país, siguen esperando la cancelación definitiva de los títulos por parte del gobierno. Es algo difícil de lograr ahora por cuanto la actual administración terminará en unos pocos meses y habrá elecciones en Colombia, donde desafortunadamente se espera un viraje a la derecha o extrema derecha considerando el panorama geopolítico en la región con las acciones imperialistas del presidente Trump de los Estados Unidos.
Lo que esta lideresa y sus compañeros reclaman es que la Agencia Nacional de Minería devuelva esos títulos al territorio, una posibilidad casi imposible en un país que, para proteger el extractivismo bajo el eufemismo del “desarrollo”, declaró la minería como actividad de utilidad pública e interés social según el artículo 13 de la Ley 685 de 2001. Pero pese a esa barrera legal, ellos no se rinden: siguen resistiendo para que la Madre Tierra conserve su integridad, para que las montañas respiren en paz y los minerales permanezcan quietos, enterrados en su silencio eterno, lejos de las manos que buscan arrancarlos de sus entrañas.
Tejedores de Vida: Mónica Solarte Moreano - Guardiana de la Semilla y la Memoria del Pueblo Iguailik
Awá de nacimiento, Polindara por adopción
Mónica Solarte Moreano. (Fotos cortesía de la entrevistada)
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Mónica Solarte Moreano tiene 51 años y es madre de dos hijas y un hijo. Es Awá de nacimiento y, como ella misma afirma, Polindara “de lucha”. Vive en este territorio desde 1998, está censada allí y su reconocimiento como Polindara se consolidó tanto por su convivencia con un Polindara como por la decisión de la asamblea que la aceptó. Oriunda de Altaquer, es Polindara por adopción porque este pueblo la respeta como mujer y como profesional.
El territorio ancestral original de este pueblo abarcaba aproximadamente 34.000 hectáreas, de las cuales fueron despojados por una familia del departamento del Cauca, al sur de Colombia. Actualmente, el territorio comprende 2.222 hectáreas, a las que se suman otras 22 hectáreas recuperadas por los comuneros. En los últimos 20 años, la comunidad ha logrado sanear —es decir, resolver conflictos sobre territorios en disputa— y adquirir otras hectáreas mediante compra.
El reconocimiento oficial del pueblo se dio en agosto del 2014. Este reconocimiento tardío obedeció, en gran parte, a la pérdida de la identidad, ya que durante años muchos de sus integrantes no se autoidentificaban como indígenas. Sin embargo, en 1998, con la elaboración de su plan de vida, jóvenes y mayores iniciaron un proceso de reflexión y acción para fortalecer su autonomía organizativa, permanecer en el territorio y reconocerse como un pueblo distinto de otros pueblos originarios vecinos, como los Nasa, Kokonucos, Misak y Totoroez.
Iguailik: la gente del agua
Este pueblo se caracteriza por ser obstinado, de pensamiento claro y rápido, y belicoso. Físicamente, sus integrantes son de baja estatura, fuertes, de cabello negro y lacio; en el caso de las mujeres, la mayoría lleva el cabello largo. Como otras mujeres Polindara, Mónica es cuidadora de la Madre Tierra y de la “semilla” vegetal, animal y humana. Desde este rol transmite conocimientos, el uso de plantas medicinales y la práctica de rituales.
Este proceso de reafirmación permitió precisar que el verdadero nombre del territorio es Iguala y que el nombre del pueblo no es “Polindara”, sino Iguailik, que significa “gente del agua” o “gente Polindara”. Según su ley de origen, son hijos del agua y nietos del viento.
Para el pueblo Iguailik existen tres espacios. En el primero se nace desde los principios del cosmos y el amor; en el segundo se convive con todos los seres vivos; y en el tercero se regresa al cosmos como consejeros y acompañantes. Con quienes habitan este último espacio se relacionan mediante rituales y sueños.
Semillas, cocina y resistencia
La relación con la Madre Tierra se expresa a través de rituales realizados por el Makuko, médico tradicional, y por las familias según su ciclo de vida. Durante el embarazo se realizan rituales de protección para el bebé, evitando las aguas de arco —aguas amarillas con alta concentración de minerales— y los derrumbes, considerados espacios de “mala hora”. Al nacer, el ombligo del bebé se entierra entre las tulpas del fogón para asegurar su arraigo al territorio.
Mónica cultivando la semilla de la identidad y el saber ancestral en los menores.
La defensa de la Madre Tierra incluye la protección de las semillas propias y el rechazo a especies foráneas como el pino y el eucalipto. Para el pueblo Iguailik, no hay mejor forma de conservar las semillas que mantenerlas vivas en las huertas familiares. Mónica promueve entre sus estudiantes la recuperación de la gastronomía tradicional y la preparación de alimentos como la calabaza, la batata, la arracacha, los ullucos, la majua, la oca, el zapallo y la sidra, alrededor del fogón, espacio de alimento, palabra y consejo.
Mónica exhibiendo los alimentos con semillas tradicionales.
Para este pueblo, los animales, las plantas y las rocas tienen el mismo valor que los seres humanos. Algunos animales son considerados mensajeros: el chiguaco advierte sobre posibles peligros y la serpiente anuncia partidas o ausencias. Las plantas, frías o calientes, dulces o amargas, cumplen un papel central en la medicina tradicional, siempre de acuerdo con la necesidad.
Confluence/Confluencia
Una colaboración de Weave News y Talking Wings para tejer la voces de guardianes de ríos de todo el mundo.