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Tejedores de Vida: Sheena - Tierra y Resistencia del Pueblo Maya

Con la firme esperanza puesta en las nuevas generaciones, su vida demuestra que sembrar la memoria colectiva y defender los derechos de las mujeres es una forma sagrada de resistencia.

Sheena Merle Ucan Yeh. (Fotos suministradas por la entrevistada)

Entre sus responsabilidades en Chetumal y la selva viva de Uh-May late el corazón de Sheena Merle Ucan Yeh, una mujer cuyo cordón umbilical —siguiendo la milenaria tradición de su pueblo— fue sembrado lejos del hogar para ahuyentar el miedo y arraigar la valentía. A sus 41 años, habita un puente invisible entre la gestión pública y la resistencia ancestral. Es originaria de Uh-May del municipio de Zona Maya llamado Felipe Carrillo Puerto a donde viaja los fines de semana para conservar el vínculo con su territorio y su gente. Por razones de trabajo, vive en Chetumal, capital de Quintana Roo, donde labora en la secretaría de las mujeres, particularmente de las niñas y mujeres maya. 

Su relación con la tierra no es solamente territorial. Su comprensión sobre la vida la llevó a tejer una relación de pertenencia y reciprocidad con ella, pues viene de ella y a ella volverá. Por eso practican diversas tradiciones y rituales. Por ejemplo, siembran el ombligo de los recién nacidos, un poco lejos, para que no sientan miedo. También tienen un bautizo maya, para las niñas a los tres meses y para los niños a los cuatro. Esos tres meses representan, para el pueblo maya, las tres piedras del fogón de las cocinas maya y para fortalecer el rol de la mujer. A los hombres, a los cuatro meses porque simboliza los cuatro puntos de la milpa-parcela, que trabajan ellos, este es un ritual de integración social.

Yook'ol kab se llama la tierra y Madre Tierra es K na' lu'mil en lengua maya. Su abuela materna le enseñó a ser agradecida con la tierra, y una manera de serlo es “la primicia”, una ofrenda para agradecer a la madre tierra y a los dioses del viento, la lluvia y el ch'a'acháak que es otra ceremonia para su primera cosecha. La ofrenda se hace en un altar con una comida. De igual manera, en el mes de mayo realizan ofrendas, a través de los sacerdotes mayas encargados, para que un árbol dé su primer fruto, y para pedir la primera lluvia. Todas estas son maneras de devolverle a la tierra lo que les da. Estas prácticas ancestrales son en sí mismas una forma de resistencia.

La experiencia vital del Sheena muestra las tensiones que atraviesan la propiedad y el uso de la tierra. Estas prácticas no aparecen separadas de la defensa del territorio. Para Sheena, mantener la tradición y la cultura es otra forma de resistir ante las amenazas, como el despojo, que enfrenta su pueblo. En Quintana Roo, señala Sheena, la zona norte ha sido transformada por el desarrollo turístico y por empresas transnacionales en busca de mayores ganancias con negocios como Walmart, Starbucks y McDonalds. Al mismo tiempo, muchos jóvenes se desplazan hacia las zonas turísticas para trabajar en el sector de servicios.

A ello se suma la siembra de soya transgénica, cuyos químicos, según relata, mata las abejas meliponas, endémicas de la región, por parte de los menonitas. Esta problemática es delicada y se suma al hecho de que algunas personas venden sus terrenos para obtener dinero de manera rápida. Como consecuencia de estos procesos, la milpa, parcela o chacra, donde cultivan sus alimentos se está perdiendo, pues cada vez menos personas siembran.

Otro reto, aunque no insuperable, indica Sheena, es la ausencia en Quintana Roo de un grupo de lucha compacto, como el de Yucatán, para enfrentar proyectos gubernamentales que concesionan playas y tierras en detrimento de los territorios ancestrales y, como si fuera poco, los procesos de cooptación de las comunidades que debilitan la movilización de su pueblo, y el crimen organizado factores que, desde su perspectiva, dificultan que la población se organice y defienda colectivamente su territorio. 

Frente a ello, Sheena y otras personas perseveran y recorren sus comunidades para convencerlos de la importancia de no vender sus tierras, esta es otra acción propia del repertorio de acciones políticas que despliegan para retar al modelo económico impuesto.

Incluso su propio nombre permite observar una dimensión de esa historia. “Sheena” no es un nombre maya; fue elegido por su madre en un contexto marcado por la discriminación, que hizo que no llevara un nombre maya. Hoy, sin embargo, participa en procesos de revitalización de la lengua como una forma de recuperar la cultura, al igual que sus trajes típicos y coloridos que les recuerda su relación con la tierra y, al mismo tiempo, son un instrumento para la defensa de la tierra.

Asimismo, la defensa del territorio se articula con la defensa de los derechos de las mujeres, ya que Sheena explica que la tierra continúa siendo, en gran medida, propiedad de los hombres: ellos la trabajan, mientras las mujeres permanecen en el espacio doméstico, y la sucesión de la tierra -como ocurre con los núcleos ejidales que son tierras colectivas- que se heredan a los varones aunque ahora esto está en proceso de cambio para que las mujeres puedan heredar y/o tengan títulos de propiedad mediante, por ejemplo, cesión de derechos que es la manera más común o por sucesión por testamento a sus hijas. Por eso, su labor incorpora la divulgación de los derechos de las mujeres, la prevención de la violencia, el acceso a la tierra y su participación en la toma de decisiones. Sheena reconoce que hay algunos avances en las leyes, pero también retrocesos.

Llevar el nombre de "Sheena" —fruto de una época donde la discriminación obligaba a ocultar la identidad— es un recordatorio diario del terreno que la asimilación intentó arrebatarles. Sin embargo, enfundada en el orgullo de sus trajes típicos y con la lengua maya como escudo, recorre las comunidades desarticulando el despojo silencioso: la venta rápida de parcelas, los químicos que apagan el zumbido de la abeja melipona o la pérdida de la milpa tradicional frente al modelo económico imperante. La batalla de Sheena no es sólo contra los gigantes transnacionales; es también una revolución interna para que las mujeres hereden y posean la tierra que siempre han cuidado. Con la firme esperanza puesta en las nuevas generaciones, su vida demuestra que sembrar la memoria colectiva y defender los derechos de las mujeres es una forma sagrada de resistencia.

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