El Tejido
Un espacio donde tejemos las voces de periodistas de base, defensores de la tierra, y otros activistas por la justicia social.
El Blog del Tejido
El Activismo Juvenil Como Compromiso de Vida y el Futuro
Las juventudes representan la fuerza regeneradora de este tiempo. Son generaciones que han comprendido que defender la vida implica proteger los ecosistemas, escuchar la sabiduría de los pueblos originarios, fortalecer el vínculo con los territorios y actuar desde la corresponsabilidad con todas las formas de existencia.
Monjita americana con cría. (Alberto Enrique Escamilla Muñoz)
La Tierra habla a través de sus ríos, bosques, montañas, mares y de cada ser que habita la gran red de la vida. Sus ciclos nos recuerdan que todo está profundamente entrelazado y que ninguna especie existe aislada de las demás. Sin embargo, el equilibrio que sostiene esta comunidad viva enfrenta profundas amenazas derivadas de una visión que ha fragmentado nuestra relación con la Naturaleza y ha reducido sus territorios, aguas y especies a bienes de consumo. Desde una perspectiva ecocéntrica, el desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en responder a una crisis ambiental, sino en restaurar la conciencia de pertenecer a una misma comunidad de vida, donde cada ser posee un valor intrínseco y donde el cuidado, la reciprocidad y el respeto orientan nuestra manera de convivir.
En este horizonte, las juventudes representan la fuerza regeneradora de este tiempo. Son generaciones que han comprendido que defender la vida implica proteger los ecosistemas, escuchar la sabiduría de los pueblos originarios, fortalecer el vínculo con los territorios y actuar desde la corresponsabilidad con todas las formas de existencia. Su activismo trasciende la protesta para convertirse en una forma de habitar el mundo: restaurar, sembrar, cuidar, aprender y tejer alianzas entre comunidades humanas y no humanas. Cada acción nace del reconocimiento de que el bienestar de las personas depende inseparablemente de la salud de la Tierra.
Este artículo sostiene que el activismo de las juventudes es, ante todo, un compromiso profundo con la comunidad de la vida. Reconocer a las y los jóvenes como guardianes del equilibrio ecológico implica comprender que sus acciones contribuyen a sembrar una cultura ecocéntrica donde las decisiones se inspiren en el respeto a los Derechos de la Naturaleza, la justicia intergeneracional y la responsabilidad compartida de preservar la diversidad que hace posible el futuro. Transformar el mundo no significa dominar la Naturaleza, sino volver a caminar junto a ella, reconociéndonos como una expresión más de su inmensa y sagrada trama de vida.
Las juventudes son portadoras de un corazón dispuesto a preguntarse, desde muy temprano, ¿qué voy a ser? En esa etapa donde los sueños florecen con libertad, también nace el deseo de servir, de cuidar y de aportar al bienestar de los demás y de la Tierra. Esa misma inquietud ha inspirado, a lo largo de las décadas, a generaciones de defensoras y defensores de la Naturaleza que decidieron convertir la esperanza en acción.
Desde la década de 1970, y contra todo pronóstico, comenzaron a surgir movimientos autocríticos de acción directa por la liberación de la Naturaleza. Fueron movimientos capaces de mirar al pasado para construir el futuro, aprendiendo de la experiencia, fortaleciendo sus estrategias y desarrollando una profunda capacidad de reflexión para sostener viva la convicción de que otra relación con la Tierra era posible.
Durante la década de 1980, estos movimientos alcanzaron un amplio respaldo social y protagonizaron acciones que marcaron la historia de la defensa ambiental. Sin embargo, muchas de ellas fueron criminalizadas mediante largos procesos judiciales, encarcelamientos y sentencias. Mientras el apoyo de la opinión pública disminuía, entre las y los activistas se consolidaba una cultura de organización y compromiso que fortalecía su capacidad de acción.
Garza blanca. (Juan Carlos Álava)
En ese contexto surgieron los core groups o grupos centrales, conformados por personas con mayor preparación, iniciativa y disposición para dedicar el tiempo y el esfuerzo necesarios para planificar acciones de defensa de la Naturaleza, acompañadas por otras y otros activistas que participaban desde distintos niveles de compromiso, pero unidos por un mismo propósito.
La defensa de la Tierra ha tenido un alto costo. Desde finales de la década de 1960 y hasta nuestros días, numerosas personas han sido perseguidas, encarceladas, condenadas e incluso asesinadas por el simple hecho de proteger la vida. Cuando Earth First! era mucho más que un eslogan y representaba una forma de vivir, también implicaba asumir el riesgo de perder la libertad o la propia existencia en defensa de la Naturaleza.
Hoy, las juventudes leen esa historia con profundo respeto. Reconocen el legado de quienes arriesgaron su vida y su libertad por la Tierra y de quienes fueron encarcelados en esta lucha. Ese camino no ha estado exento de sacrificios. Aunque muchas personas continúan privadas de su libertad y otras siguen siendo perseguidas por defender la Naturaleza, las nuevas generaciones retoman esas enseñanzas para actuar desde el cuidado colectivo, la paz y una defensa cada vez más consciente y organizada de la comunidad de la vida.
El compromiso de las juventudes nace de una certeza profunda: cuidar y sanar la Tierra no es la tarea de unas cuantas personas, sino una responsabilidad compartida que convoca a gobiernos, instituciones, comunidades y pueblos. En este horizonte, el liderazgo juvenil constituye una fuerza capaz de impulsar procesos de transformación desde los territorios. Las juventudes no sólo habitamos el presente; somos portadoras de una esperanza activa y de la convicción de que el rumbo del mundo puede cambiar. Somos el impulso que convierte la preocupación por la crisis ecológica en acciones vivas, valientes y concretas.
Nuestra trinchera está en el territorio. A través de experiencias prácticas de restauración ecológica, educación ambiental, gestión responsable de los bienes comunes y fortalecimiento de la organización comunitaria, las juventudes contribuimos a sanar las heridas que la crisis ecológica ha dejado en nuestras comunidades. Al mismo tiempo, fortalecemos los vínculos comunitarios y aprendemos a construir el futuro desde la cooperación, demostrando que la unión entre personas, comunidades y territorios constituye el puente más sólido hacia la justicia intergeneracional.
Esta promesa se sostiene en el ímpetu de quienes desean transformar paradigmas y cuestionar lo establecido con propuestas innovadoras. Sin embargo, no caminamos en soledad. Nuestra fuerza se alimenta del respeto profundo por la memoria, por los conocimientos ancestrales y por la experiencia de quienes han dedicado su vida al cuidado de la Tierra. Al entrelazar la creatividad de las juventudes con la sabiduría de los pueblos originarios y la experiencia de otras generaciones, se siembran las bases de un futuro donde la humanidad vuelva a reconocerse como parte inseparable de la Naturaleza.
Calandria dorso negro mayor en un mangle blanco. (Pedro de Jesús Martínez Rodríguez)
La incidencia juvenil no comienza en los grandes foros, sino en la vida cotidiana: en una escuela, un mercado o una comunidad. Cuando las juventudes identifican un desafío ambiental en su entorno inmediato, poseen la capacidad de transformarlo en soluciones colectivas que modifican tanto las prácticas como las conciencias.
En distintos territorios, las juventudes impulsan iniciativas que promueven el aprovechamiento responsable de los recursos, la restauración de los ecosistemas, la reducción de residuos, la recuperación de espacios comunitarios y la construcción de alternativas sostenibles desde lo local. Estas experiencias demuestran que las transformaciones más profundas nacen de preguntas compartidas, del aprendizaje colectivo y de la voluntad de construir soluciones que fortalezcan el vínculo entre las personas y la Naturaleza.
De igual manera, la colaboración entre comunidades, instituciones educativas, organizaciones sociales y diversos actores territoriales ha permitido desarrollar procesos de educación ambiental, manejo responsable de los residuos, restauración ecológica y fortalecimiento de capacidades comunitarias. En estos espacios, las juventudes actúan como facilitadoras del diálogo entre distintos saberes, promoviendo cambios que trascienden los ámbitos donde se originan y fortalecen la corresponsabilidad con la comunidad de la vida.
Estas experiencias demuestran que la incidencia transformadora no depende únicamente de los espacios formales de decisión, sino del tejido comunitario que conforman colectivos, comisiones ambientales, asociaciones estudiantiles, comunidades e instituciones. Ninguna juventud transforma el mundo por sí sola; toda transformación florece cuando se tejen alianzas entre personas, saberes y territorios.
Participar e incidir significa comprender que cada acción local, por pequeña que parezca, forma parte de una estrategia más amplia de justicia ecológica y de restauración de la comunidad de la vida. Las instituciones cambian cuando las juventudes se organizan, perseveran y proponen soluciones concretas. Ese es el compromiso que compartimos: contribuir a formar una generación que haga del cuidado de la Tierra un compromiso de vida y del activismo una expresión cotidiana de amor, responsabilidad y esperanza hacia todas las formas de existencia.
Este sentido reafirma que la defensa de la Tierra representa una profunda reconexión con la comunidad de la vida, donde los seres humanos y los ecosistemas coexisten en relaciones de interdependencia y reciprocidad. Desde esta mirada, el territorio no constituye una fuente inagotable de bienes de consumo ni un objeto de dominación, sino un tejido vivo integrado por aguas, biodiversidad, memorias y saberes locales que exige ser protegido, restaurado y cuidado.
Desde esta perspectiva, a lo largo de la historia han existido movimientos sociales comprometidos con la defensa del territorio, en los cuales las juventudes se han consolidado como guardianas activas de la comunidad de la vida. Su labor se desarrolla en los espacios cotidianos, transformando el activismo en una práctica permanente de cuidado mediante la restauración ecológica, la educación ambiental, la organización comunitaria y la construcción de redes de solidaridad que honran el legado de quienes han defendido la Naturaleza desde la paz, el cuidado colectivo y la corresponsabilidad.
Hoy las juventudes sabemos, que el cuidado del territorio exige entrelazar la creatividad de las juventudes con la sabiduría ancestral de los pueblos originarios y la experiencia de otras generaciones, reconociendo que las transformaciones más profundas florecen cuando se construyen alianzas duraderas entre comunidades, instituciones y todos los actores que comparten la responsabilidad de cuidar la vida. Proteger la Naturaleza implica asumir un compromiso colectivo sustentado en decisiones informadas, éticas y empáticas, promoviendo una visión ecocéntrica que reconozca a la Tierra como sujeto de derechos y al territorio como un espacio vivo de memoria, diversidad y esperanza para todas las formas de existencia.
Solidaridad, Rigor, y Ciencia Ante el Drama de los Incendios
Ecologistas en Acción reitera que el negacionismo climático agudizará estos incendios catastróficos y sus consecuencias, poniendo en riesgo a la población y destruyendo ecosistemas de alto valor ecológico.
Una escena del enorme incendio de julio de 2026 cerca de Ávila, España. (Foto: Ecologistas en Acción)
Este artículo fue publicado originalmente el 25 de julio de 2026 por Ecologistas en Acción.
Paremos lo que nos mata: ¡No más empresas para la guerra!
Ecologistas en Acción, junto con Rebelión o Extinción, la Asamblea Internacionalista de Madrid y la Asamblea contra el Rearme y la Militarización, se concentran en la sede de Indra.
Esta declaración fue publicada originalmente por Ecologistas en Acción el 3 de junio de 2026.
Ecocidio en el Golfo de México por el Derrame de Petróleo
Mientras el modelo energético en México continúe priorizando la extracción sin garantizar condiciones reales de seguridad ecológica, estos eventos no serán excepcionales; serán inevitables.
Creditos: a las comunidades y medios en México por mostrar la verdad en estas imágenes.
Hay una forma particularmente grave de violencia que rara vez se nombra: aquella que se ejerce contra la Naturaleza, al reducirla a cifras, informes técnicos y comunicados cuidadosamente redactados. El reciente derrame petrolero en el Golfo de México con impactos visibles en las costas de Veracruz y Tabasco, es un ejemplo contundente de esa violencia pero, sobre todo, de la normalización institucional que la permite, y aunque todavía no se ha reconocido este derrame como un ecocidio, las evidencias se siguen ocultando.
Y no estamos frente a un accidente aislado. Lo ocurrido responde a una lógica conocida: infraestructura deteriorada, supervisión insuficiente y una reacción gubernamental más preocupada por administrar la narrativa que por contener el daño.
Los indicios del derrame comenzaron a registrarse entre el 6 y el 8 de febrero de 2026. No fue el Estado quien dio la alerta, sino imágenes satelitales y observaciones técnicas externas. Durante 69 días, el origen fue negado o atribuido a "filtraciones naturales" y "buques privados" y el crudo se expandió sin que existiera un reconocimiento claro de su origen. Fue hasta mediados de abril cuando finalmente se admitió que la fuga provenía de instalaciones de Petróleos Mexicanos (PEMEX) en la Sonda de Campeche, cerca de la plataforma Akal-C.
Ese lapso —más de dos meses— no es un detalle menor. Es el periodo en el que el petróleo avanzó, se dispersó, penetró ecosistemas y alteró dinámicas biológicas cuya recuperación, en muchos casos, es incierta o simplemente imposible. Y aunque el impacto inicial se centró en Veracruz y Tabasco, ha alcanzado también las costas de Campeche y Tamaulipas.
Y cuando la realidad se volvió inocultable, la mancha de crudo y el daño ya se habían extendido por más de 630 kilómetros de litoral. No se trató de una mancha puntual, sino de una afectación regional que alcanzó decenas de sitios costeros y al menos siete áreas naturales protegidas. Más de 90 toneladas de residuos fueron recolectadas, una cifra que, lejos de dimensionar el desastre, apenas refleja la fracción visible de un problema mucho más profundo.
El petróleo no solo ensucia playas, asfixia la vida. El vertido ha puesto en riesgo el Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo, un santuario de biodiversidad marina y entre los daños más graves se reportan que los sitios de anidación de la Tortuga Carey, especie en peligro crítico de extinción, han sido contaminados. Que los sistemas lagunares como la Laguna del Ostión en Veracruz y diversos manglares han sido invadidos por el crudo, alterando la química del agua y matando organismos microscópicos que sostienen la cadena trófica. También se han documentado peces, tortugas y aves cubiertos de petróleo, además de la interrupción de ciclos reproductivos de especies comerciales como el robalo, el camarón y la almeja.
Así que, en resumen, el crudo se ha infiltrado en sedimentos, ha alterado la química del agua, ha impactado organismos microscópicos y ha roto cadenas tróficas completas. Su huella no siempre es inmediata ni espectacular, pero sí persistente. Se sabe que en zonas como sistemas lagunares y humedales, los efectos pueden durar años, incluso décadas.
Frente a esto, la respuesta institucional ha sido, en el mejor de los casos, insuficiente; en el peor, abiertamente negligente. Durante semanas se ofrecieron versiones contradictorias: que si el origen era natural, que si se trataba de embarcaciones privadas, que si el impacto era mínimo. Incluso cuando la contaminación ya era evidente, se insistía en que las playas eran seguras.
No es solo desinformación, es una estrategia. Minimizar el problema reduce la presión política, diluye responsabilidades y permite que el modelo que lo originó continúe intacto. Y ante la opacidad de las autoridades, una coalición de 17 organizaciones —incluyendo a Greenpeace México, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA) y la Alianza Mexicana contra el Fracking— fue la que proporcionó la evidencia científica y satelital necesaria para desmentir la versión oficial que desde la presidenta Claudia Sheinbaum fue afirmar categóricamente en marzo que "no fue PEMEX" y que se trataba de una investigación sobre un barco privado o "chapopoteras naturales" en Cantarell. Solo tras la presión de la evidencia admitió la responsabilidad de la paraestatal, limitando las acciones a la separación del cargo de algunos funcionarios. Y, por su parte, la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, ha minimizado el impacto en las playas veracruzanas, priorizando la protección del turismo y la narrativa política sobre la emergencia ambiental.
La batalla también ha llegado a los tribunales. Organizaciones civiles han presentado demandas de amparo contra PEMEX y las autoridades ambientales por la omisión en la contención del derrame y la falta de transparencia. En respuesta, jueces federales han otorgado suspensiones provisionales que obligan al gobierno a realizar un monitoreo independiente, a frenar la desinformación y a ejecutar acciones de remediación inmediata en las áreas naturales protegidas afectadas.
Pero esta estrategia que también es una postura del gobierno, desde una perspectiva ecocéntrica, resulta profundamente problemática. El Golfo de México no es un recurso: es un sistema vivo, complejo, interdependiente. Cada derrame no es únicamente una pérdida económica o un incidente industrial: es una ruptura en los procesos que sostienen la vida.
La biodiversidad afectada no aparece en los comunicados. Mucho menos los ciclos reproductivos interrumpidos ni las especies desplazadas o muertas. Tampoco las comunidades humanas entre ellas las pesqueras, que dependen de esos ecosistemas y que, una vez más, fueron las primeras en alertar y las últimas en ser escuchadas. Actualmente más de 14,000 pescadores de esas comunidades se encuentran en la vulnerabilidad total. En plena temporada de Cuaresma, las comunidades han perdido sus redes por la contaminación y se han visto obligadas a suspender la pesca, recibiendo apoyos económicos que consideran insuficientes frente a la magnitud del daño a su sustento a largo plazo.
Por eso resulta difícil hablar de incompetencia como si se tratara de una falla puntual. Lo que este derrame exhibe es algo más estructural: un sistema donde la prevención es secundaria, la transparencia es opcional y la Naturaleza es prescindible. Y un derrame que inicia en febrero y se reconoce en abril no es un error, es una forma de operar.
Las preguntas que tenemos que plantearnos son: ¿Qué tipo de relación con el entorno natural queremos tener como sociedad civil? ¿Cuánta destrucción más de la Naturaleza vamos a seguir tolerándole al gobierno? Y la más importante: ¿Qué podemos hacer para contribuir a la solución? Porque mientras el modelo energético en México continúe priorizando la extracción sin garantizar condiciones reales de seguridad ecológica, estos eventos no serán excepcionales: serán inevitables. Y quizá ese es el punto más incómodo de todos, el problema no es únicamente el derrame, es la certeza de que volverá a ocurrir por la negación del gobierno a proteger la vida, para poner por encima de todo y de todos sus propios intereses.
Entonces debemos exigir transparencia, demandar informes públicos y en tiempo real sobre el estado de la infraestructura de PEMEX. Apoyar la vía legal al respaldar los amparos ciudadanos para que la justicia obligue a una remediación integral. Hacer un monitoreo ciudadano, continuar documentando y compartiendo los hallazgos en territorio para romper el cerco informativo. Y exigir un cambio de modelo, de energías fósiles a energías limpias para cuidar a las especies y ecosistemas tanto marinos como terrestres.
Este derrame de petróleo ya se está considerando un nuevo ecocidio con daños que actualmente no podemos dimensionar ni siquiera saber hasta dónde llegará la contaminación debido a las corrientes marinas, pero no podemos dejar de alzar la voz como Consejo de Guardianes de la Naturaleza para exigirle al gobierno que repare el daño integralmente y que asuma su responsabilidad de protegernos como ciudadanos y de proteger a la Naturaleza.
Fuentes:
Derrame en el Golfo de México se ocultó; comenzó en febrero en un ducto de Pemex, Crónica.
El Gobierno admite ahora que el derrame se originó en instalaciones de Pemex, El País.
Derrame de petróleo en el Golfo de México de 2026, Wikipedia.
Derrame Pemex 2026: Sancionan a funcionarios tras fuga masiva, MVS Noticias.
Tras 69 días de mentiras, Pemex admite que derrame fue su culpa, Etcétera.
Petróleo asfixia manglares y fauna marina en el Golfo, Leviatán.
Derrame de petróleo en el Golfo y su impacto ambiental, Barriozona Magazine.
Derrame en ducto de Pemex se estima en 82,000 barriles, Expansión.
Discurso y poder del extractivismo o cómo se legitima el saqueo en nombre del “desarrollo”
Los discursos institucionales, mediáticos o corporativos configuran las formas en las que se perciben los megaproyectos. Estos se presentan como proyectos de nación o como una oportunidad para el desarrollo, el empleo y la transición verde. Publicado por El Salto el 11 de julio de 2025.
(Imagen: Algorithmix, CC0, via Wikimedia Commons)
Este artículo fue publicado por El Salto el 11 de julio de 2025.
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